Ciclos...
“Cuando te encuentras cabalgando un caballo muerto,
es hora de que te bajes de él.”
Indios Dakota
Por: Parzifal
La vida es una cadena de ciclos. Círculos de experiencias que se enlazan entre sí por breves momentos. Puentes que se tienden ante nuestros pies para materializar nuestro ejercicio ineludible de existir y trascender como personas. Los ciclos que integramos en el paso por la vida son incalculables, siempre existe la posibilidad de abrir uno nuevo, uno más. Se esconden a la vuelta de la esquina para sorprendernos e invitarnos a un mundo lleno de posibilidades, de nuevas vivencias, de nuevos conocimientos. Cada uno guarda características únicas, como colores y texturas, los hay suaves y cálidos como también agrestes y sombríos. Son una multiplicidad de claroscuros. Cada uno de nuestros círculos goza de un periodo de vida definido, finito; los menos, pueden acompañarnos a lo largo de nuestra existencia para consumirse a la par de nosotros; el resto son de menor duración, se extinguen cuando los abandonamos o substituimos por otros de mayor actualidad o atractivo. Algunos adquieren una connotación icónica en nuestra vida, definen un periodo de crecimiento importante o, por el contrario, marcan una etapa de debilitamiento personal; podemos asociar su subsistencia a algún momento en particular, preciso, perfectamente identificado. Otros son detonadores que nos motivan, nos seducen, nos empujan a ofrecer lo mejor que tenemos, despiertan nuestra capacidad creativa hasta alcanzar, por periodos cortos, las muestras más sublimes de nuestro talento. Los hay divertidos, reímos con ellos, nos convocan al jubiloso encuentro. Y así también, los hay tristes; no podemos prescindir atravesar ciertos eventos que nos arrastran al sufrimiento y la desdicha, pasajes de la travesía que quisiéramos olvidar, no haber padecido, no haber conocido.
El inicio y fin de un ciclo es totalmente imprevisible. Muchas veces, no nos damos cuenta de que ha empezado y otras quisiéramos que nunca acabara. Al inicio de un ciclo no sabemos que será lo que nos obsequie su presencia, la emoción nos embarga y aventuramos el futuro, lo descubrimos con ávido interés como pequeño que recibe el regalo prometido. Nuestros ciclos, en muchas ocasiones, son el alimento del alma y también del espíritu. Por su valía se convierten en nuestra razón de vivir. Hay ciclos que su extinción es motivo de profunda tristeza como al concluir algún nivel escolar o padecer la ausencia de un amigo; cuando esto ocurre, sabemos que un capítulo de nuestra historia se ha agotado; se termina una parte de la trama de nuestro acervo personal y el tiempo de dar vuelta a la hoja resulta inevitable y ocasionalmente doloroso.
Mala cosa es dejar un ciclo sin cerrar. La añoranza de los buenos tiempos puede perturbar nuestra visión de la realidad, con ello surge el deseo de perpetuar aquello que se presenta en franca decadencia. El fin de un ciclo se anuncia a través de señales inequívocas que anteceden su extinción: distanciamiento, insatisfacción, decepción y desorientación son algunos de los síntomas de que algo en nuestra vida fenece y es menester substituirlo. No cerrar un ciclo es tanto como retirarnos de una relación con las manos vacías. El caso de quiénes no acuden a un funeral, de quiénes no se gradúan, aquellos que no consiguen un trabajo que les proporcione felicidad y los que persisten en quedarse sin dinero son ejemplos de personas que no han podido crecer a través de la experiencia y evolucionar en algo mejor. Dejan sus ciclos abiertos y con ellos un vacío interno.
Para cerrar un ciclo es necesario ser valiente, permitirse y perdonarse el fracaso, aplaudir y reconocer los éxitos, utilizar una visión en retrospectiva de los hechos, analizar lo ocurrido, discriminar lo malo y utilizarlo como el más valioso tesoro que nos puede ofrecer la experiencia. Cerrar un ciclo es llevar la vivencia al límite, al extremo, retirarse hasta haber agotado el último compromiso. Es tanto como despedirse con una sonrisa de quiénes nos acompañaron por el trayecto, con la seguridad de que lo aprendido servirá para enfrentar nuevos retos, a pesar de las heridas, a pesar de la fatiga.
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