Infancia es destino...
“Cada nación tiene el gobierno que merece”
Joseph de Maistre
Por: Parzifal
Hace mucho tiempo, en casa, las tardes de domingo eran el tiempo especial que como familia nos obsequiábamos a fin de mantener contacto, actualizarnos en noticias familiares, comentar los temas del momento y departir una suculenta comida preparada con esmero por mi madre, salpicada por algunas intervenciones de mi padre. La sobremesa era el momento justo para el desarrollo de sendas pláticas que generalmente se extendían hasta largas horas de la noche. Recuerdo que era inevitable tocar temas de política y economía. Mi padre, empleado desde hacía muchos años del Gobierno Federal, se empeñaba en enaltecer los logros producto de las gestiones de gobierno, los demás, con una visión un tanto más pragmática, debatían los argumentos de mi padre intentando blandir la razón. Fue ahí donde escuché por primera vez acerca de la existencia de la corrupción en el gobierno, del tráfico de influencias en las licitaciones públicas, del enriquecimiento desmedido e inexplicable de funcionarios públicos, entre muchos otros temas. En mi mente infantil entendía que el país sufría a consecuencia de los males que padecía pero también suponía que dichos males estaban perfectamente identificados, albergaba la esperanza de que en algún momento del futuro mediato, éstos, serían eliminados.
Treinta años después, nos seguimos reuniendo. Aunque hoy el formato de las reuniones es distinto, el objetivo sigue siendo el mismo: fortalecer los vínculos familiares. También los comensales hemos cambiado, los niños de entonces pintamos canas y los adultos de antaño hoy están a punto de ser abuelos. Alrededor de la mesa se pueden observar caras nuevas, nuestros jóvenes le inyectan ímpetu y modernidad a las veladas. Igual que ayer, la sobremesa nos seduce y nos invita a la vieja práctica de verter las ideas y los temas que hoy establecen el contexto de nuestra cotidianidad. Desafortunadamente, algunos de los comensales han abandonado su sitio para ocupar un lugar en el Eterno Oriente. Lo sorprendente es que sus palabras siguen teniendo la misma vigencia que entonces. Contrario a mí creencia infantil, los males del país prevalecen y en algunos casos se han exacerbado. El crimen organizado permea el tejido social y subyuga a la población a través de prácticas crueles y sanguinarias, el ciudadano hace de las mordidas una práctica habitual para la obtención de beneficios particulares, la evasión de impuestos sigue siendo un mal que impide el desarrollo pleno del Estado Mexicano, extorsión y secuestro son el pan de cada día, los bonos y salarios desorbitados al sector público resultan premios a funcionarios corruptos, el fantasma del fraude electoral presente en cada elección popular, algunos criminales figuran dentro de la nómina del sector educativo.
Vivimos en medio de un círculo vicioso que nos lastima y de cuyos resultados nos quejamos constantemente. Vivimos ante la ilusión de que llegará una especie de Mesías capaz de solucionar todos estos problemas como por arte de magia. La alternancia en el poder creó la falsa ilusión de erradicar las viejas y nocivas prácticas. Creímos que la corrupción venía aparejada al color del partido en el poder. No es así. El mal del país no depende del color de un partido político. Nuestro peor enemigo está frente al espejo al que nos asomamos todos los días. Todos gozamos de la facultad de elegir, nuestras elecciones nos condenan. Mientras no hagamos lo necesario por cambiar la esencia de nuestra idiosincracia y entendamos que la educación es la llave que nos aleja del mal que nos aqueja, seguiremos siendo esclavos de nuestros errores.
parzifal.mx@gmail.com
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